PICOS DE EUROPA (LEÓN)
 

Valdeón, paisaje con historia

Porque Valdeón aparece como una punta de lanza de sinuosos perfiles por cuyo extremo escapa el río Cares, que tiene para la hidrografía de la comarca, relevancia similar a la que el Sella proporcionaba a Sajambre, del cual queda separado por una línea divisoria que se extiende desde el Pontón, antes del valle de Llavarís, hasta Biforcos, pasando por el propio Llavarís, donde existe un "jito" o mojón que delimita las zonas de Burón, Valdeón y Sajambre; Collado Solano, Collado Barreyo, Camborisco, Piedrashitas, Collado Viejo, Valdelafuente, Collada Blanca, Pica Samaya, Vega Salambre, Riegaseca y Las Mesturas.

 
Pocas veces se podrá encontrar un castillo natural mejor vigilado. Sus almenas, altas, imaginan centinelas inaccesibles desde semejantes atalayas; las puertas, solamente dos, Panderruedas y Pandetrave por nombres, son angostos pasos disimulados entre la peña a los que un rastrillo de nieve cierra durante una parte del año; sus habitantes se concentran en pequeños poblados agrupados en torno a Posada de Valdeón, excepto Santa Marina y Caín, que aparecen distanciados a modo de singulares avanzadillas de observación. En esta fortaleza, donde las peñas semejan torres –y nunca mejor empleado el término porque así se las
denomina en León para distinguirlas de los "picos" asturianos y de las "peñas" santanderinas –, los 2.642 m del Llambrión se dibujan como singular torre del homenaje.


Pero cuando se franquean las entradas, cuando Panderruedas y Pandetrave anuncian su altitud, 1.450 m y 1.562 m respectivamente, y entre aquel rosario de curvas y desnivel empieza a vislumbrarse la inmaculada escena de semejante anfiteatro grandioso, nada puede enturbiar la placentera sensación de descubrir algo nuevo, siempre inédito y perennemente cautivador. No se trata de montañas anónimas, porque todas tienen nombre propio, ni en el valle se asientan pueblos entumecidos por la grandeza circundante, sino emporios auténticos de humanidad divinizada en gentes apegadas a la tierra, que se prolonga hacia arriba hasta casi alcanzar un pedazo de cielo.

La luz se refleja en la pétrea caliza que ilumina el frondoso balcón. La música, en quietud sonora y dulce, viene dada por el arroyuelo orgulloso, que surge de entre una peña cualquiera que no puede ocultarle más.

No necesita Valdeón de monumentos más allá de los Picos de Europa. Su recuerdo quedará en la memoria de quienes le contemplen desde los miradores en un loable deseo de abarcar el máximo contenido de esencia natural: los llamados del Tombo de Cordiñanes, de Valdeón, de Piedrashitas, por citar los establecidos y acondicionados para canalizar una directa observación, o los múltiples y más personales que se descubren por iniciativa propia al descender de los grandes altos, son siempre recomendables.




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